Capri: La isla del pecado parte 2 de 2
Capri es chica, pero su historia, enorme. Situada en un lugar estratégico para el comercio y la conquista imperial, todos querían conquistarla: los fenicios y antiguos griegos la visitaban con frecuencia y los corsarios rapiñaban sus valiosos botines. Pero fue el emperador romano Augusto, en el año 29 AC, el que se enamoró con locura de Capri, y se le cambió al gobierno de Nápoles por la vecina isla de Ischia, mucho más grande y fértil. Pero sin ese encanto mágico que el emperador supo ver.
Gruta Azul
Al llegar –por tierra o por mar- a la mítica Gruta Azul, la primera impresión puede decepcionar: no es más que una pequeña grieta en el acantilado, donde los barcos esperan su turno para entrar. En el interior, la decepción pasa al olvido en un instante: los reflejos azul turquesa y el agua transparente explican por qué el emperador Tiberio la transformó en su piscina persona favorita. Con una acústica envidiable, la experiencia en la Gruta Azul resultará mejor aún si los barqueros, viejos zorros del marketing napolitano, cantan una melodía romántica.
Capri y Anacapri
En la actualidad, la isla está constituida por dos núcleos urbanos: Capri y Anacapri, separados por apenas cinco kilómetros de distancia y una historia de enemistad y competencia. Ambos están repletos de restaurantes exquisitos, locales de las mejores firmas de la moda internacional y terrazas naturales que balconean sobre el mar. Pero entre ambas, Capri resultó siempre la elegida. La cuidad, adaptada a la abrupta geografía, está construida sobre un acantilado. Las callejuelas adoquinadas, plazoletas y palmeras rompen el horizonte azul del mar Mediterráneo.
En el centro de la ciudad se encuentra la pintoresca Piazzetta Humberto I –retratada por pintores, directores de cine y poetas de todos los tiempos-. Este es el punto de encuentro y la vidriera por excelencia para todo visitante que quisiera mirar o ser mirado. Tomar un café o un trago en uno de los bares de esta plazoleta es un lujo monetariamente accesible para unos pocos afortunados.
Otro de los placeres que ofrece Capri es ir de compras. En la isla se concentran las mejores marcas internacionales. Y la artesanía local es excelente. Un clásico son las famosas sandalias hechas al instante, a mano y personalizadas. También hay prendas de seda trabajadas a mano en telares de madera, zapatos de soga y, para comprar o sólo mirar, la famosa tienda La Parisienne –en la Piazzetta, que se puso de moda en los años 60 por su original línea de ropa.
Gastronomía
A la hora de comer. La variedad es enorme. Pero se destacan platos como los ravioles con salsa de queso caciotta y tomates frescos, los calamares con papas, la Cianfotta –una deliciosa cazuela de verduras-, la famosa Tarta Caprese con almendras y chocolate y, el refrescante y dulce limoncillo, un licor hecho con los limones de la costa amalfitana.
Para llegar a Capri, se puede hacer con un vuelo de Roma a Nápoles, desde donde se va a la isla en ferry. La pregunta es: ¿cuándo conviene visitar este paraíso? La respuesta, cuando se pueda. Sin dejar pasar la oportunidad. Pero si se tiene la opción de elegir, lo mejor es hacerlo cuando no están los miles de turistas que la invaden cada verano, especialmente en los meses de julio y agosto. El resto del año, esta paradisíaca isla mantiene un clima cálido y suave, con mucho sol. Imposible resistirse.
