Ecuador: Diverso y colorido parte 2 de 2
La historia de Otavalo es también la de dos volcanes enamorados.
Otavalo, arco iris de identidad
Para los otavaleños, el taita Imbabura al sur y la mama Cotacachi al norte de la población reconocen y unen su amor cada vez que se forma un arco iris desde el cráter de taita, donde hay un corazón formado naturalmente, hasta el cráter de la mama Cotacachi. Y parecería que de aquellos colores tomasen su inspiración los indígenas para fabricar los tejidos que venden en el mercado.
Luego de casi dos horas de viaje desde Quito, se empieza a observar la romería de indígenas con enormes bultos a cuesta camino a la plaza principal. El vestuario de las indígenas incluye múltiples prendas de muchos colores y texturas, pero el negro siempre resalta en alguna parte de su vestuario, pues es un luto eterno que llevan desde la muerte del cacique Atahualpa, en época de la conquista. En el mercado, sobre todo el de los sábados, las prendas de lana y de fino hilos se exhiben y se venden en las mismas galerías en las que se comercializan verduras, cereales, pollos y el tradicional hornado.
Los colores y los olores que se mezclan en el lugar, acompañan el recorrido por las galerías. Los sacos de alpaca pura contrastan con el cangil, el trigo y las lentejas que se comercializan muy cerca. Para el turista, sobre todo el europeo, esta es la esencia de una cultura milenaria que ha adquirido fama en todo el mundo por sus tejidos. Por eso, de Otavalo siempre se regresa con alguna prenda hecha a mano.
El lago Imbabura
En el camino entre Quito y Otavalo, el lago Imbabura, a los pies del imponente volcán que lleva el mismo nombre, es un descanso visual y espiritual obligado para el visitante. Una opción es almorzar en Puertolago, un hermoso hotel en la orilla en el que se puede disfrutar de unas empanaditas y un plato de carne colorada, que es carne de res cocinada con achote y servida con mote (maíz blanco). Allí se practican deportes náuticos como el esquí y el kayak, también se puede recorrer el lago a bordo de un pequeño barco turístico, cabalgar por las laderas del taita Imbabura o practicar el downhill o el bikecrossing. El sábado en Ecuador es, sin duda, el día de Otavalo y su gente.
Amazonas, sorpresa natural
Napo es la puerta del Amazonas. Además de una travesía de selva y animales exóticos, en el trayecto hay un regalo adicional de la naturaleza, las terminas de Papallacta.
Ir de Quito a Napo toma cinco horas de viaje en carro. Este viaje se hace liviano con una parada a menos de dos horas de Quito, en el volcán Antisana, que abastece las terminas de uno de los spas más completos de Sudamérica, las termas de Papallacta.
Ya renovados, el viaje hacia la provincia de Napo es placentero. El último tramo se realiza en lancha, atravesando el río Napo hasta el poblado de Ahuano, donde queda La Casa del Suizo, un complejo turístico que hace unos años fue la casa de Beny Ammeter, un suizo aventurero que se instaló allí en busca de oro y empezó a recibir en su hogar a europeos que venían de vacaciones. Fue tal el número de extranjeros deseosos de visitarlo, que su casa se convirtió en un gran hospedaje donde se alojan turista europeos durante todo el año.
Monic Dupir es una turista francesa que siente dichosa en medio de la selva. Para ella ha sido maravilloso caminar por la jungla y ver los árboles enormes y los sapos multicolores. Con sus compañeros de excursión visitó un centro de recate animal, un mariposario y una familia indígena que les enseñó a preparar la chica y a lanzar la cerbatana. Además vieron cómo moldean la arcilla y tallan la madera para hacer artesanías.
Actividades que hacen de esta porción de Ecuador un viaje a través de más de 500 años de historia y tradición, como si viviéramos otro capítulo de aquella teoría de la evolución que Darwin estudió en las islas Galápagos, y que se nos presenta entre naturaleza y cultura, en cada pareja y en cada sonrisa autóctona y sincera de aquellas gentes que se empeñaron en aprender el inglés, el francés y el alemán, y que además le saben decir al viajero, en diez leguas indígenas más: buen viaje y no olvide regresar.
