El Puente de Carlos de Praga

Praga
Maravilla para los sentidos
Visitar Praga ha sido siempre una maravilla para los sentidos. La capital checa, situada en el corazón de la cuenca de Bohemia, es sin duda una de las ciudades más bellas de Europa. Y no sólo por el valor histórico y arquitectónico de sus edificios o el indiscutible encanto de sus paisajes, sino también, muy especialmente, por el ambiente que se respira en una urbe que a lo largo de los siglos ha sobrevivido a numerosas agresiones para acabar convirtiéndose en uno de los destinos turísticos más prestigiosos del planeta.
Vistas impresionantes
Buena parte de los numerosos itinerarios que trazan los turistas en esta ciudad repleta de atractivo coinciden por lo menos en un punto: el Puente de Carlos. En cualquier época del año, a cualquier hora del día, este puente ofrece unas vistas impresionantes del castillo, el río y la ciudad, pero también constituye por sí mismo un elemento digno de admirar. Con más de medio kilómetro de longitud y unos diez metros de anchura, acoge cada día miles de visitantes ávidos de captar la esencia de una ciudad de nombre femenino y alma inmortal.
Esencia y emblema
Y es que, en buena parte, la esencia de Praga reside en el Puente de Carlos, que con sus dieciséis soberbios arcos de media punta, revestidos además con sillería de arenisca, parece navegar el Moldava para transportar a los viajeros a otras épocas en las que lo más importante era detenerse a pensar. Basta con echar un vistazo a las treinta esculturas instaladas en el puente, entre ellas El sueño de Santa Luitgardia, de M. Braun, o con valorar durante unos instantes la importancia estratégica que tuvo y sigue teniendo una obra de leyenda. Atacado por suecos y husitas, escenario de barricadas y de todo tipo de trifulcas históricas, el Puente de Carlos es uno de los puntos más legendarios de Praga, el emblema de toda una ciudad.