Iglesias de Guatemala 1/2
Los dioses de los mayas tenían mucho que ver con la naturaleza -la lluvia, el trueno, el fuego, las cosechas- y eran bastante aficionados, por así decir, al aire libre. Sus lugares de culto, muchas veces a la intemperie o en lo alto de terrazas descubiertas, se fueron revistiendo a la llegada de los españoles con la formas populares de la arquitectura sacra de los misioneros. Las iglesias de Guatemala se fueron levantando según los arquetipos que exportaban las potentes órdenes religiosas, franciscanos, dominicos y más tarde, jesuitas. Nada pudo impedir, sin embargo, que en esas estructuras aflorara, como una pigmentación subcutánea, el color y sentimiento de los indígenas.
Barroco fusionado
El barroco europeo se hinchó más aún, se recargó y se saturó con el innato abigarramiento de los indios. Hasta el punto de que algunas influencias indias se dejaran notar en fachadas, y sobre todo retablos, de la lejana Metrópolis. Fue un proceso inevitable de ósmosis -sería excesivo hablar angélicamente de “diálogo de culturas”, en aquellas calendas-. Lo cierto es que las formas barrocas europeas y el patetismo indígena hicieron buenas migas. Esto se ve claro en Antigua Guatemala, la primera capital (que era, en realidad, la tercera).
En Antigua Guatemala se comenzó, en 1545, la que iba a ser la mayor catedral de Centroamérica. Los enfados telúricos no permitieron alcanzar tal récord. La fachada herreriana que preside la plaza Mayor se libra del indigenismo que agita, en cambio, las de La Merced y Santa Clara. Éstas forman parte de complejos monacales enormes, pequeñas haciendas ordenadas en torno a un claustro que resulta una especie de plaza pública privada, valga la contradicción; recientemente, ambos conventos, muy dañados por los seísmos, han sido sabiamente restaurados, transformándose el de Santa Clara en un museo sacro, y el de la Merced, en uno de los mejores miradores de Antigua Guatemala. La finca de los dominicos, casi una miniciudad, quedó muy maltrecha, y se ha recompuesto en ella, con gusto e inteligencia, un hotel de lujo y varios museos temáticos.
Lo indígena, más presente en los pueblos
Si en la vieja capital predominan los esquemas europeos, en poblaciones más chicas, rurales, es el factor indígena el que se impone.
Ocurre en muchos sitios, pero el nombre de referencia es Chichicastenango. Uno de los lugares mágicos del planeta, solo comparable, dentro del ámbito maya, con San Juan Chamula, en la región mexicana de Chiapas. Hay que acudir allí, si se puede, en días de mercado, que son jueves y domingos. Desde la víspera, plaza y calles adyacentes se llenan de puestos y mercancías agrupadas por materias y oficios, como en los zocos árabes: frutas y hortalizas por un lado, telas y vestidos por otro, cacharreros, floristas, artesanos. En las escalinatas de las dos iglesias que presiden, enfrentadas, ese ágora, la de Santo Tomás y la del Calvario, lucen docenas de velas y oscuros oficiantes queman incienso y copal ante las puertas del templo, que parece flotar entre las nubes de humo y las trémulas sombras.