Iglesias de Guatemala 2/2
¿Nadie ha caído en la cuenta de que esas gradas empinadas, un tanto artificiosas y en el fondo innecesarias, son en realidad un trasunto de las pirámides y templos mayas? Dentro de ambas iglesias, el ambiente no es menos ambiguo, con velas y santos ahora un poco metidos en vereda por el clero. Nada impide, sin embargo, que afuera se abra paso, entre ociosos y vendedores, una procesión petitoria de alguna de las catorce cofradías parroquiales, con unas trazas más paganas que otra cosa. Por no hablar del cerro Tuskaj y el oratorio de Pascual Abaj, a las afueras del pueblo, entre pinos y pedruscos, donde santeros mayas siguen sacrificando gallinas y recibiendo ofrendas de copal, cigarrillos o botellas de cerveza y aguardiente.
Sincretismo religioso
El sincretismo religioso no afecta solo a los edificios, también a las imágenes, a los retablos donde se guarecen, a las devociones que inspiran. Es obligado mencionar aquí al Cristo Negro de Esquipulas, cuyos milagros empezaron a ser famosos ya en el siglo XVI, convirtiéndose su romería en una de las más concurridas de América. Pero hay una región muy a tener en cuenta, y es la del lago Atitlán. Doce (como los apóstoles) son sus pueblos ribereños. La igle¬sia de San Antonio Palopó, blanca y radiante como una pupila sobre el glauco profundo del lago, tiene aires de capilla bizantina sobre el mar heleno.
Pero lo más llamativo, en la calma de esas iglesias lacustres, son las imágenes inquilinas. Una cohorte infatigable de bienaventurados a veces desconocidos, cuando no dudosos, revestidos con oropeles y mantos aún más chillones y estrambóticos. Hay que decir que, hasta hace muy poco, se podían adquirir en los tabancos de Santiago de Atitlán, el pueblo principal, copias de esas tallas de pasable calidad; lamentablemente, lo único que ahora se comercia son tochos adocenados sin el menor interés.
También hay que decir que una de las imágenes más veneradas por la feligresía no se encuentra en la iglesia, sino en alguna alcoba humilde de Santiago; se trata de Maximón, un ídolo sedente vestido como un capataz, con gorro vaquero, botas camperas, gafas de sol y un puro en la boca. Lo guarda, de forma rotatoria, algún lugareño en su hogar, al que acuden fieles a llevarle tabaco, aguardiente y algún magro donativo. Tras un tira y afloja a con el señor obispo, los paisanos siguen sacando a Maximón en andas el Viernes Santo, detrás del Cristo y de la Virgen. Maximón tiene réplica en México y un pariente lejano en Argentina, el indio Gilito.
Conforme fue modernizándose la sociedad guatemalteca, sus templos se fueron depurando de mestizajes, y ajustándose a los cánones eclesiásticos imperantes. Tal sucede con la catedral metropolitana de la cuarta y definitiva capital. Un edificio de líneas clasicistas levantado entre 1782 y 1868, y tumbado en parte por un seísmo, que derribó la cúpula en 1917. Repartidas por la cuadrícula urbana se esconden iglesias barrocas que recuerdan, ya sin guiños, a tantas otras por toda la cristiandad. Desde las más arcaicas cosmogonías, griegas, indias, chinas o americanas, siempre ha habido, en las celestes esferas, unos dioses más afortunados que otros.