Los Viajes del Cruz del Sur
Aquella mañana de otoño, y como siempre antes de embarcar , repasó una vez más las viejas cartas nauticas y el instrumental de navegación en el bello salón de la casa. Se enfundó el lobo, cogió el petate y salió despacio. Su menuda figura unida a sus cuidadosas maneras de músico tampoco hacían posible mayores ruidos. Era un hombre sereno. Aspiró una vez más el aroma a madreselva del jardín. Su silueta se perdía una vez más entre la niebla que poco a poco se levantaba en el barrio, situado muy cerca del puerto de Sevilla. Sus pasos cortos, rápidos y decididos le ayudaban a seguir mentalmente el ritmo del monólogo de Simón ¿Por qué, por qué temblar? de la Zarzuela La Tempestad. El viaje había comenzado.
El Cruz del sur
La maniobra de los prácticos del puerto fue limpia y sin complicaciones en el tramo de las esclusas. Las amarras estaban sobre la cubierta, aun por recoger. Había tiempo. Ahora, el barco navegaba apaciblemente por el Guadalquivir; la marea nos favorecía, algo habitual y previsto en todas salidas del río. El maquinista de descanso fumaba en cubierta, el capitán terminaba de arreglar algunos asuntos de los permisos para entrar en Marruecos, y yo me entretenía en hacer los cálculos de esa primera escala. La tarde era clara, sin nubes. El cielo empezaba a colorearse de rosas y malvas cuando pasamos el Faro de Bonanza. Los marineros trasegaban con el velamen del barco, ahora recogido. Navegábamos a motor plácidamente por el Guadalquivir, ancho padre de muchas tierras marismeñas en esta geografía única, llana y silenciosa al caer el sol.
Delfines
Nada más pasar la Barra de Sanlúcar de Barrameda, a unas 10 millas mar adentro, aparecieron los delfines. Saltaban como locos al rebufo de las olas que levantaba la proa del barco. Brillaban como las manzanas rojas a la luz del reflejo del atardecer, hasta que poco a poco fueron desapareciendo, como el mar, oculto por el manto negro de la noche, convertido ahora en puro rumor. Nuestro destino primero era Tánger. Allí habíamos de descargar trigo y cargar fósforo. Me retiré a mi camarote y dormí un rato. Esperé un poco a que la noche fuera más cerrada. No había luna, lo cual me ayudaría para poder empezar a interpretar aquella partitura. Tenía que hacer un mapa, pero no era un mapa cualquiera. Era un mapa celeste, el cual serviría a otros navegantes posteriores para recorrer con precisión y seguridad el Atlántico y el Mediterráneo.
Las antiguas cartas naúticas habían quedado algo obsoletas para el tipo de navegación rápida y moderna de la marina mercante; ávidos sus mandos de tener un nuevo plano celeste para redefinir rutas y acortar tiempos, me enviaron a mí a esta misión. Me puse manos a la obra, y la primera noche pude definir nuestra posición respecto a Aldebarán. Al dia siguiente una desagradable sorpresa nos despertaría a todos.