Monumentos Naturales de Andalucía, 37 paraisos
Doñana, un pájaro otea el horizonte
Desde aquí, algunos dias de verano puedo otear Africa, divisando claramente la negra linea de su orilla marroquí. La imagino allí, salvaje, como lo son estas costas onubenses, hermanas desde hace miles de años, unidas por la marea. La bruma me anuncia una nueva jornada de calor. Poco a poco, voy desplegando mi envergadura, y las recias estructuras de mis plumas se van convirtiendo en flexibles. Extiendo bien las alas al sol, las bato un instante, y me dejo caer en semipicado desde este antiguo acantilado arenoso hacia la playa; remonto el vuelo y me elevo poco a poco, como siempre, aprovechando las corrientes térmicas que suben invisibles, elípticas, y, suavemente, sin esfuerzo aparente, voy ascendiendo en espiral y me alejo de la costa.
Espirales ascendentes
Desde aquí arriba, hacia el este, diviso como un joven lince, agazapado junto a una sabina, acecha a un suculento gazapo que todavía no abre los ojos. Es pronto para sobrevolar la mar. Necesito el calor de la tierra para templarme más y volar casi sin esfuerzo, solo el preciso. Ahora veo un poco más allá como los flamencos y las garcillas se preparan, formando un revuelo de colores y sonidos al salir desde las pajareras cercanas al Pinar del rey a mariscar en la albina del Rocío pequeños cangrejos y almejas. Viro al oeste, detectando los canales de aire caliente para arribar al pinar de Doñana, hacia donde desciendo y repongo agua; tras desayunarme un ratón de campo bastante bien alimentado, lo digiero en la copa de un enorme pino piñonero, donde entreveo los nuevos huevos de abejaruco y urraca semiescondidos en los nidos hechos de ramillas de pinocha. El aire huele a menta, regaliz y romero. Viento del norte.
Navegantes griegos
Dejo esta vieja atalaya verde y aromática, y voy al sur con el sol como brújula adivinatoria de los cambios de viento, que me dirige en mi vuelo casi automáticamente. Poco a poco, ahí abajo, en grupos de cinco o seis, veo como las gaviotas van regresando de los puertos cercanos: Sanlúcar de Barrameda, Rota, Chipiona,… y pasan picoteando de vez en cuando, en caída libre, algún boquerón o chanquete. Las evito. Son ruidosas y algo pendencieras, aunque excelentes pescadoras y muy intuitivas en la localización de bancos de pesca, casi tan buenas como los charranes, verdaderos técnicos del planeo rasante y el recorte a cinco metros de altura del agua. Sigo la estela de las gaviotas, y pongo nuevo rumbo al oeste, dejando atrás la linea de costa y sobrevolando la inmensidad azul del Atlántico, en cuyo nombre resuenan dioses y héroes. Según Herodoto en su “Historia”, un navegante griego, llamado Kolaios de Samos, surcó estas aguas allá por el S.VII a.c.; buscaba la mítica Tartessos, y al parecer, la encontró aquí: oro, plata, cultura, naturaleza, belleza, una ciudad hoy perdida, una luz que sobrevive. Vuelo y huelo el mar. Arrecia el levante.
Retorno al nido
De regreso, tomo altura y contemplo la esfericidad de la tierra; seguro que ya mañana hará menos bruma y será un buen dia para cazar un conejo o una liebre para llevarlo al nido. Quizás baje ahora a la orilla; desde aquí, adivino los restos de un calamar pequeño, lo preciso para coger fuerzas, dar alimento a la cría y poder sobrevolar de nuevo esta vieja Tartesos, Océano, marismas, esta costa de luz. Olores a jaguarzo, pino y camarina. Aromas de sal; aún hay claridad, sopla brisa de poniente.

La prosa cumple el objetivo de describir con detalle la importancia de la preservación de la cultura nacional de Andalucía con su valor histórico, su riqueza natural y la increíble cercanía con la cultura marroquí separada solo por un hilo de mar a tan solo media hora de distancia.