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Cultura

Recorriendo Londres de la mano de Virginia Woolf

Escrito por Silvia / 13 de Octubre de 2008

Caminar al ritmo de su escritura. Caminar entre la hora del té y de la cena. Caminar por placer, para obtener "el mayor de los descansos". Caminar sola. Caminar sin rumbo. Para Virginia Woolf, caminar por las calles de Londres era más reconfortante que hacerlo en el campo."Londres es encantador. Me subo a una colorida alfombra mágica, pareciera, y me dejo llevar por la belleza sin levantar un dedo. Las noches son sorprendentes, con todos los blancos pórticos y las anchas y silenciosas avenidas", escribió en su diario, en uno de los muchos comentarios elogiosos sobre su ciudad.

El Parlamento de noche parece sacado de los relatos de Woolf

El Parlamento de noche parece sacado de los relatos de Woolf

Al tiempo que las piernas de Virginia discurrían por las calles londinenses, las palabras fluían en su mente. Con el mismo ritmo, esa voz interior ganaría, luego, terreno sobre las hojas en blanco. A veces se subía al segundo piso de un autobús y, sólo cuando estaba muy apurada, aceptaba tomar el subterráneo. “Con frecuencia me zambullo en Londres, entre el té y la cena, y camino y camino, reavivando mis fuegos”.

Como ella misma, los personajes de sus novelas también andan a pie por la capital británica y toman prestada la voz de su autora para referir sus experiencias. Clarissa, protagonista de La señora Dailoway, por ejemplo, asegura que le gusta más caminar en Londres que en la campiña. En Los años, Martin Partiger hace un alto en su camino para admirar la Catedral de San Pablo -algo que la Woolf acostumbraba hacer muy a menudo- y comprobar cómo, bajo el gran edificio, todo adquiere otra dimensión.

Escenas urbanas

Virginia Woolf no tuvo suficiente con hacer de esta ciudad el escenario de sus novelas. Le realizó, además, un homenaje cabal: durante 1932, publicó por entregas en la revista Good Housekeeping seis relatos que luego fueron reunidos en el libro Londres (The London Scene). La peculiar perspectiva que ofrecen estos cuentos bien puede servir de guía al turista. Así, aunque la fisonomía del puerto que describió la Woolf en el cuento “Los muelles de Londres” cambió notablemente después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, es estimulante observar los buques ascender por el Támesis.

También habrá que recorrer Oxford Street, ese paseo comercial que Virginia describe como “una calle de relumbrón, bulliciosa y vulgar” en “El oleaje de Oxford Street”. Siguiendo la propuesta de “Casas de grandes hombres” podemos curiosear por los domicilios de Charles Dickens, Samuel Johnson, Thomas Carlyle o John Keats. Y, tal vez, habría que procurar conocer un verdadero cockney (nativo del East End), como la señora Crowe, personaje de “Retrato de una londinense”, una “coleccionista de relaciones”. Porque “quien no conozca a un auténtico cockney, quien no pueda alejarse de las tiendas y los teatros para torcer por una callejuela lateral y llamar a la puerta de una casa particular, no puede jactarse de conocer Londres”.

Por último, habrá que trepar hacia Parliament Hill para ver la urbe completa desde una banca de hierro, donde siempre hay un muchacho “abrazando a la muchacha de siempre”, y vislumbrar la ciudad compacta y atestada que describió Virginia Woolf. “Londres ha estado aquí desde tiempos inmemoriales, hiriendo esa porción de tierra más y más profundamente, haciéndola más y más incómoda, más apretujada y tumultuosa, marcándola para siempre con una cicatriz indeleble”.

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