Stanley Park, la frontera futbolística de Liverpool

Goodison Park, hogar del Everton FC. Foto: Nsno1878
Anfield Road, el más antiguo
Media tarde en Stanley Park, las habituales nubes del cielo inglés apenas nos dejan ver el sol que va cayendo hacia nuestra derecha. El paseo por los enormes y verdes prados que conforman el parque acaba en un vasto aparcamiento de coches prácticamente vacío. Una fuerza inexplicable nos hace girar hacia la derecha, hacia la zona de típicas casas bajas inglesas que se amontonan unas contra otras. De repente, una de las calles que sirven de límite al parque llama nuestra atención: Anfield Road reza el letrero.
Echamos a andar por ella sin ver rastro del mítico estadio. Una vez pasamos la primera hilera de casas, donde se supone que están los jardines de las mismas, nos encontramos, sin esperarlo, con los accesos al estadio. Un estadio que no es más alto que las viviendas que lo rodean, que no se ve hasta que estamos en él. Rodeamos el estadio por Anfield Road y nos recreamos ante el emotivo monumento a las víctimas de la tragedia de Hillsborough, junto a la Shankly Gate (puerta de Shankly), presidida por el mítico ‘You’ll never walk alone’.
Tras girar a la izquierda y atravesar una zona de casas semiabandonadas que no nos dejan ver el estadio, llegamos al Albert Pub en Walton Breck Road. El Albert Pub sirve de esquina al vallado que limita la zona de influencia del Liverpool. Junto a él, nos encontramos la Paisley Gate, tras la cual, una estatua de Bill Shankly (mítico entrenador de los reds) nos da la bienvenida al museo del estadio. Museo digno de ver, y que además da la opción de acceder a un tour que nos lleva hasta los mismos vestuarios por los que tan grandes jugadores han pasado.
Everton FC, de Anfield a Goodison
Pero Anfield, ‘house of the reds’, no es tanto la ‘casa de los rojos’ como se podría pensar. El estadio sirvió de alojamiento en un principio para los hinchas del Everton, los toffees. Cuando el campo se inauguró, en 1884, el único equipo que existía en la ciudad era el de los blues. Tras una ampliación de las tribunas para dar cabida a los 8.000 fieles que se daban cita allí cada domingo, el propietario del estadio, John Houlding, decidió en 1891 subir al club azulado la cuota de arrendamiento.
El Everton, viendo que el estadio se le quedaba pequeño y que, además, el precio del mismo incrementaba, decidió construir su propio campo al otro lado de Stanley Park. Anfield se quedó vacío, lo que supuso la fundación del Liverpool FC. Mientras, el Everton construyó un Goodison Park a su medida, mucho más alto e imponente que la que sería la casa de los reds durante el siguiente siglo y pico.
Goodison Park se alza majestuoso sobre una zona de casas bajas no demasiado fastuosas al norte de Stanley Park. Una estatua de Dixie Dean, leyenda del club, situada fente a la tienda oficial, en la entrada principal, nos vuelve a mostrar el respeto que los ingleses sienten por sus mitos. La filosofía del club y sus ideales enseguida enamoran a aquellos que creen en la lucha del pequeño contra el grande, de David contra Goliath, y no puede menos que sentir simpatía por los toffees.
Por fuera, Goodison Park parece más un estadio al uso que un ‘football field’ inglés. Sin embargo, su interior sigue desprendiendo ese aroma de campo tradicional, con las gradas a ras de césped y el público casi tocando a los futbolistas. El tour, aunque menos impresionante que el de Anfield, también es digno de ver y aporta una idea del legado futbolístico de la ciudad.
Dos estadios que aportan un romanticismo peculiar a Liverpool. Que la dotan de un aroma a campo de sueños e ilusiones que se puede percibir a lo largo y ancho de Stanley Park. Ese parque que han de cruzar los aficionados de uno y otro equipo cuando toca jugar el derby contra el máximo rival. Ese parque sin parangón en ninguna ciudad del mundo, que bajo el cielo encapotado del Merseyside nos da una versión simplificada de la vida, en la que la felicidad sólo depende de si la pelota entra en la portería o no.