El placer de viajar…por placer
El 31 de agosto es, como cada año, el momento de hacer un balance sobre nuestro tiempo estival.
El 31 de agosto es, como cada año, el momento de hacer un balance sobre nuestro tiempo estival.
Una playa paradisíaca de aguas cristalinas en las Seychelles, una taza de chocolate caliente junto a una chimenea encendida en un refugio de los Alpes austriacos, un baño en la piscina de la azotea de un hotel de Montecarlo, un almuerzo desde la terraza de un loft del uper east side neoyorkino…Podríamos seguir y seguir hasta completar una lista casi interminable de destinos y actividades al alcance de unos pocos privilegiados acostumbrados a viajar a destinos llenos de lujo y comodidad. Sin embargo, hoy no vamos a hablar del destino, sino de la forma de llegar al mismo. Por tierra, mar o aire, hay formas y formas de viajar y con las que marcar la diferencia.
Junto a la famosa discusión dialéctica entre “mar vs. montaña”, otra de las grandes cuestiones a las que nos enfrentamos cuando planeamos nuestras vacaciones es “hotel vs. camping”. Y aquí, dependiendo de la elección, es donde empezamos a clasificar a los afortunados con vacaciones: está el ahorrador, el sibarita, el aventurero, el cómodo, etc.
Imaginemos una playa de arena blanca y aguas de color turquesa, hasta ahí todo normal. Si además pensamos en un paraje con el cielo claro y el sol cálido, seguimos sin tener mucho problema con nuestra imaginación. No obstante, ¿no nos empezaría a parecer un poco rara esta imagen si en el fondo del horizonte empezásemos a ver una mancha oscura que se dirige hacia nosotros? Y qué pasaría si esa mancha cada vez se hace más y más grande, y vemos como la gente continua con su baño como si nada. Y si empezásemos a escuchar un sonido atronador mientras la mancha crece y crece…